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Altatú

A

 

A veces me basta la duda

para recordar que mil veces

hemos sido y seremos.

 

Estoy hablando

de cuando te siento lejana

y miro la soledad circundante,

y no estás en el chat,

y la maquinita que trae tus cartas

anda quieta y serena.

 

¿Cómo no prepararme

para tu continua llegada?

Si me levanto y hago mi día,

y la rutina se afianza,

y la lista de pendientes trabaja.

 

¡Eres todo y todas y nada

y el amor que destruye

a la ilusión que separa!

 

Dime, ¿quién puede quebrarte?

 

Y yo respiro y no hago

más que pensarte.

 

Y yo te miro a través

del velo de imaginarte.

 

Y las verdades acuden a mí

y las mentiras una a una se incendian.

 

Delante caminas tú

y los inviernos ya nunca me pesan.

 

Buenos Días

B

¿Has visto la primera gota de rocío de la mañana? – Era la pregunta que asomaba por mi cabeza, pero que, en ese momento, mis labios se negaban a pronunciar. Ella siempre dormía dándome la espalda, dejando que sus hombros desnudos escapasen del manto protector de las sábanas de su cama; esos hombros desnudos que exponían parcialmente la constelación de pequeñas pecas que nacía desde su espalda. Era por esta forma en que dormía por lo que casi siempre me resultaba imposible saber con total certeza si se encontraba sumida en un sueño o si, por el contrario, ya estaba despierta, sintiendo mi mano derecha acariciar su piel desnuda por debajo de las sábanas. Y aun despierta, ¿estaría pretendiendo dormir, porque no existía razón suficiente para despertar? ¿Qué tal si despertaba y mis dedos dejaban de dibujar aquellas tímidas líneas sobre su pierna?

El amanecer comenzaba a filtrarse entre las persianas de la ventana que tenía junto a su cama, dejando que los tenues rayos de sol escurrieran por su espalda como la espuma de una ola cubriendo una arena blanquísima. Podía escuchar los ruidos rutinarios de esta ciudad que despertaba poco a poco; una ciudad tan ajena para nosotros y tan lejos de donde cada uno de nosotros veníamos. Esos ruidos se mezclaban con su respiración y las palabras en otro idioma que, de vez en cuando, escapaban de sus labios mientras dormía. Comenzaba a contar las pecas de su hombro derecho, apenas pudiendo distinguirlas entre la débil luz de la mañana, y escuchando a los primeros pájaros cantar fuera, como invitándonos a dejar esta cama y reintegrarnos a la movilidad del día.

Pero se estaba tan bien así. No existía motivo válido alguno para dejar la comodidad de tener su cuerpo junto al mío; de sentir su respiración sincronizarse con la mía; de sorprenderme cada vez que ella, dormida y tal vez por un simple reflejo, o quizá por mera añoranza, cruzaba sus piernas entre las mías. Se estaba tan bien así. Su espalda rozando mi pecho y erizando cada rincón de mi piel; su melena dorada desparramada sobre la almohada como los rayos del primer sol de la mañana, esos que alcanzan a reflejarse en las pequeñísimas gotas de rocío que nunca sabemos si fueron las primeras de la mañana o si ya llevan tiempo esperando a que nos fijemos en ellas. Tanta paz encerrada en un solo momento; un aleph en el microcosmos de estos dos cuerpos sintiéndose el uno al otro.

Recuerdo cada una de aquellas visitas al cine y todas esas palomitas que terminaban tiradas alrededor de nuestros asientos. Cómo evitar sonreír al volver a todos aquellos momentos en los que se asustaba o reía en la sala de cine, provocando gestos de desaprobación de los otros espectadores que compartían la sala de cine con nosotros, y que quizá intentaban, sin mucho éxito, entender aquella conducta tan inocente y tan necia y tan auténtica y que tanto les molestaba. Cómo me gustaba su capacidad de impresionarse; de llorar en las películas; de sentir cada beso en la pantalla como si estuviera pasando justo frente a nosotros. Cuando pasaba el brazo sobre ella y sentía su respiración agitarse en las escenas de acción; cuando lograba robarle un beso cuando comenzaban a correr los créditos. Todas aquellas veces en las que embarraba tiernos besos en mi mejilla cuando se daba cuenta de que se me había formado un nudo en la garganta; sus dedos entrecruzándose con los míos mientras sus grandes ojos azules opacaban todo lo que pasaba alrededor de nosotros. Y sus pupilas; nunca dejó de sorprenderme cómo crecían sus pupilas cada vez que la sorprendía mirándome.

O todas aquellas noches caminando por esta ciudad y sus encharcadas banquetas. Siempre siguiéndola; siempre a la espera de la siguiente vuelta que daría, de la siguiente sorpresa que esta forma tan dialéctica de descubrirnos nos tendría guardada. Aunque estuviera tomándome del brazo, me sorprendía su instinto de improvisación y esa capacidad de encontrar belleza en cada cosa que se atravesaba frente a nosotros. Ya fuera que tuviéramos que pasar sobre charcos de agua o nieve, o que ella tuviera que correr en tacones por las aceras porque, invariablemente, íbamos tarde para la obra de teatro para la que habíamos comprado boletos hace semanas. Ella siempre tomaba todo con una sonrisa y con esos grandes ojos azules que me perforaban cada vez que se clavaban en mi mirada y me pedían perdón porque la obra de teatro ya había comenzado, pero ella quería comprar una copa de vino antes de entrar a la sala a buscar nuestros asientos.

Mientras beso su mejilla, pienso en lo complicado de que no haya nada al otro lado de la puerta de la eternidad; que todo esto que apenas alcanzamos no nos está llevando a ningún lado. Qué difícil que todo esto que siempre hemos querido nos esté rozando los dedos, y, aún así, quizá no tenga ningún sentido. Siento la electricidad provocada por mis labios que tocan su piel, y me parece imposible que no exista algo más allá de nosotros que le esté dando un propósito a todo esto. Debería ser imposible encontrar algo tan real y tan sincero, y que al final solo se trate de un momento dentro de nuestro paso por el mundo. Y también qué egoísta pensar que seamos los únicos con la suerte de darle sentido al habernos encontrado.

Decido que ya es tiempo de despertar; entiendo que quizá solo durmió unas horas y que se está tan bien así pero que también necesito preguntarle tantas cosas y volver a sentirla junto a mí y volver a sumergirme en sus ojos y que sus labios no puedan despegarse de los míos.

Me levanto lentamente de la almohada, intentando no despertarla hasta pasar mi cabeza sobre su cuerpo para que finalmente nuestros labios se encuentren en un tímido beso. Tengo registrados en mi memoria todos y cada uno de los besos que nos hemos dado, distribuidos en distintas categorías como “besos de buenos días”, “besos bajo la lluvia” y “besos a escondidas”. La mayoría de la gente es perezosa y da por sentado que el primer beso siempre es el mejor, pero con ella descubrí que esto no es necesariamente así. Recuerdo nuestro primer beso, aquel en un bar que está a tan solo treinta metros de su departamento. Hablábamos sobre cómo arruinó la última Navidad con su familia; sobre sus ideas conspiratorias acerca de la dominación global por parte de China; sobre mi incredulidad de que nunca en su vida hubiera leído a cierto filósofo alemán o visto tantas películas. Al final le dije que ella me gustaba y vi sus pupilas dilatarse tanto que pensé que sus ojos iban a reventar, y en una mezcla de inglés con su lengua materna respondió algo que no alcancé a escuchar, aventándose sobre mis labios y robándome uno de los mejores primeros besos que he tenido.

Pero recorriendo los cajones de mi memoria, pienso que el mejor beso que le robé fue alguno de aquellos que nos dimos de noche frente al mar. Recuerdo su timidez por separarnos de nuestro grupo en un país tan lejos de los nuestros; cómo su mano apretaba fuertemente la mía mientras bajábamos los escalones que nos llevaban a esa playa. Dejamos nuestras cosas sobre la arena y, bajo un techo cubierto de estrellas, redescubrí en ella la espontaneidad; una forma de postrarse ante el mundo que no requería de pretensiones ni maniqueísmos. Pude sentir que mis dedos empezaban a rozar todo lo que siempre ha estado ahí pero nunca he podido alcanzar.

Pensando en todo esto, le doy un beso que pretenda comunicarle lo que siento a través de la piel. Siento su respiración cambiar poco a poco; su piel lentamente despertando y su cuerpo estirándose por debajo de las sábanas. Abre los ojos y miro sus pupilas dilatadísimas de nuevo, y siento un pulso eléctrico recorrer todo mi cuerpo, empezando por los ojos y terminando en las puntas de mis pies.

Y estando así, en la cima del mundo, sintiendo que estoy listo para cruzar al otro lado de la puerta de la eternidad con ella, es que escucho las últimas palabras que me diría esa mañana: creo que debemos terminar.

Breves notas sobre un dios mujer

B

Si existiera un dios,
preferiría que fuera mujer
Edel Juárez

Si existiera un dios
me gustaría que fuera como tú,
y que se hiciera a sí mismo
a tu semejanza.

Que fuera un dios
como tú eres mi amiga,
y que me diga, y me batalle,
y me necee, y me contradiga.

Y que me haga sentir
como si fuéramos parte
de una misma cofradía.

Que ante mis constantes halagos
me tratara de convencer
de que yo también puedo volar.

Que ante mis constantes temores
se anidara en mis sombras
con su asombro luminiscente.

Que me llame y me cuente
que su día estuvo rancio,
que le miraron feo en el trabajo,
que se trabó otra vez la impresora
y que no supo cómo llenar un excel.

O que le llame y le pregunte,
¿cómo estuvo tu examen?,
y que me conteste: “decente”,
recordándome el universo
de calificativos que existen
más allá del común bien.

Que me vea y me diga
que la vida no le hace mucho sentido;
mostrándome que también guarda
sus dudas sobre nuestra existencia.

Y que me deje consolarle,
que mis seguridades le invadan,
para sentir que incluso uno mismo
tiene algo qué dar a tan alto ser.

Y si existiera ese dios
claramente sería mujer;
aunque Edel tenga razón
y yo no supiera qué hacer.

 

The Darkest Day

T

All flights cancelled, flying tomorrow. Duncan.

Los muchachos y yo caminábamos por la pista del aeropuerto de Munich, de vuelta a nuestro Airspeed Ambassador. Era una de esas heladas tardes alemanas en las que todo lo que uno quiere es regresar a casa, besar a la esposa y descansar un ratito. Treinta y ocho personas caminábamos por tercera vez por aquella pista, siendo la más reciente aquella en la que regresamos del avión a la sala de espera, hace tan sólo quince minutos. Sería la tercera que vez intentaríamos despegar. Tercer intento, carajo. (más…)

El templo Wat Suthat

E

“Hoy llueve mucho, mucho,

y pareciera que están lavando el mundo”

— Juan Gelman

 

Él debió pensarlo mejor cuando le sugirió a ella que salieran a conocer Bangkok. Una rápida revisada a la app del clima o una simple mirada al cielo habrían bastado para llevarse consigo una sombrilla o un par de impermeables, antes de salir del hostal.

 

El cielo se caía a cántaros. El patio central del templo estaba inundado con al menos 30 centímetros de agua, convirtiéndolo en un perfecto chapoteadero infantil o quizás incluso en un espacio para entrenar canotaje; como esos tanques donde se pone la canoa fija y se dedica uno a remar, pero cincuenta veces más amplio. (más…)

19

1

Como cualquier tragedia, nos tomó por sorpresa.

El caminar por la oficina,
el crujir de los cristales y ventanas.
Sentir que el mundo se inclina;
que la rotación se pronuncia hacia la derecha.
Quizá sí me fui un poco de lado,
o, a lo mejor, es lo vago del recuerdo.
Las caras incrédulas,
las preguntas sin respuesta inmediata.
Mirar esos ojos que se cuestionan hasta lo más profundo:
¿por qué lo imposible nos toca el hombro? (más…)

De la soledad

D

En el programa de radio, la productora sugirió hablar del informe del Presidente saliente y de la toma de protesta de las nuevas legislaturas.

Yo pensé: «¿por qué mejor no hablamos de la soledad?».

Y conectamos con el radioescucha que anhela compañía o hablamos con quienes están haciendo de cenar y nos sintonizaron para olvidar que comerán solos. Y permitimos llamadas al aire, y desocultamos con la audiencia esas fibras de la realidad que nos tienen aislados. (más…)

Uno que otro poema

U

Tengo

Tengo nervios…

Tengo nervios de tus ojos miel,
nervios de sentirte cerca,
de pensarte, extrañarte y adorarte.

Tengo nervios de tu piel,
Que mire tus ojos al tenerte cerca,
Y sólo piense en quererte.

No lo voy a negar,
De paso tocarte, molestarte
Y reír sabiendo lo poco que te molesta.

Tengo ganas de pensarte,
Y que me saques esa sonrisa.
Qué sin darte cuenta,
Cambia mi día, sólo por recordarte.

Tengo curiosidad de leerte,
Nervios de besarte
Y ganas de quererte.

RafaGA.

Y ASÍ

Y así,

Me gusta pensarte,
Me gusta escribirte.
Sonreír…
Leerte y volver a sonreír.

Y así,

Frente a la pantalla luminosa,
Un sin fin de imaginarios y posibilidades,
Dichosos en un moloch de ansia,
Invaden mi mente, corazón y debilidades.

Y así,

El miedo de decirlo,
Miedo a confesarlo,
Miedo por abrir las heridas de amor
Que suelen tener tanto ardor.

Y así, amor secreto
Amor olvidado
Amor de amigos
De lo que podría ser y sueño es.

RafaGA.

Verde Carmen

V

M. C. M. V.

A Carmen nunca le había gustado salir a jugar con los demás niños. Su mamá la obligaba a salir al jardín todas las tardes. Ella se quedaba sola en el extremo más alejado del jardín, mirando el cielo. No importaba si el día estaba nublado, lluvioso o soleado, ella se le quedaba viendo como si estuviera a la espera de un amigo de toda la vida.

Para los niños Carmen era un ser extraño, que no entendían y, por su puesto, no era digno de su tiempo ni de su compañía. Miraban de lejos a la niña parada en un extremo del jardín con la cara hacia el cielo, con una mezcla de envidia, recelo y compasión. Rechazaban a Carmen como algo ajeno a su mundo, como una bella estampa de su niñez para rememorar cuando fueran mucho más grandes, pero no como alguien con quien quisieran compartir.

Carmen se quedaba viendo el cielo, a veces sola, a veces en compañía de algún gato callejero que se acostaba a su lado, pero casi siempre acompañada de las piedritas y frutos que los demás niños del jardín le aventaban. Ella sólo se quitaba los pedazos de fruta de su ropa y las piedritas que sus risos y se volvía hacia el cielo. A veces, como para descansar los ojos se acostaba junto a los gatos que la visitaban y les ronroneaba mientras ellos la miraban, como si estuvieran hipnotizados por sus verdes ojos.

Cuando las mamás de los demás niños se dieron cuenta que la fruta que les daban no la comían, sino que la usaban para jugar decidieron ya no darles. Era mejor que pasaran hambre a que su travesura se quedara sin un castigo ejemplar. Carmen sería quien sufriría más con ese castigo, era cierto que casi no comía la fruta que le daban, la terminaba compartiendo con los gatos que la acompañaban, pero sería el blanco de la famélica furia de los niños del jardín. Los niños encontraron el sustituto perfecto para las piedritas en piedras más grandes, en insultos e incluso en algunas heces que aparecían por la mañana en el jardín.

La furia de los niños cada día era mayor, como su hambre. No bastaban los raspones ni heridas de las piedras y mucho menos las lágrimas de los insultos o la peste de las heces. Nada de eso era suficiente. Una tarde, explorando una sección del jardín que se encontraba infestada de árboles y plantas, encontraron un viejo cuarto de madera. Seguro ahí escondían a los niños que se portaban mal, pensaron. El cuarto no tenía ventanas, sólo una pequeña puerta de madera por donde a penas y cabía un adulto. Su interior era oscuro y húmedo, el piso de tierra y frío. Un castigo ejemplar, dijeron al igual que sus mamás.

A la mañana siguiente todos esperaban a Carmen. Cuando llegó no la dejaron ir a su extremo de siempre, la interceptaron a medio camino, sólo que esta vez en lugar de aventarle piedritas, piedras, insultos o heces, la levantaron de los brazos y la arrastraron sin decir una palabra. Quiero ver al Sol, necesito sacar al Sol, gritaba ella. Camino al cuarto de madera perdió un zapato, perdió de vista al Sol y no dejaba de llorar y gritar que necesitaba sacar a pasear a su amigo el Sol.

Lo que tú necesitas es un castigo ejemplar, le dijeron a Carmen mientras cerraban la puerta y la trabajan con una tabla. En el cuarto no entraba ni un rayo de su amigo, esto hizo que Carmen se pusiera más triste y llorara todavía más, esta vez siendo incapaz de pronunciar palabra alguna. Lloraba tanto y con tal fuerza que sintió que el cuarto se empezaba a inundar con sus lágrimas. Estaba sola, en la oscuridad y el lugar cada vez se hacía más y más pequeño.

Carmen gritó e imploró que alguien la ayudara. Sabía no cualquiera la podría ayudar, en especial esos niños que estaban afuera, en el jardín, los mismos que la habían metido en ese lugar. No, ellos no la ayudarían a salir de ahí. Los adultos parecían absortos en su mundo, sin darse cuenta de lo que sucedía en el jardín. Ellos tampoco podrían ayudarla. De sus amigos, los gatos callejeros, por más que los quería, sabía que no podían ayudarla, eran muy pequeños como para mover las tablas que la tenían encerrada. El único que podría ayudarla era su amigo el Sol. Le pidió ayuda, le pidió fuerzas para poder salir.

Yo no hice nada malo, yo no necesito ser castigada. No me entienden, eso es lo que pasa, yo no les hice nada malo, sólo no me entienden y por eso me encerraron, gritó Carmen con todas sus fuerzas. Hubo un fuerte estruendo seguido de un gran silencio en el exterior. Minutos después empezaron los murmullos de los niños y los gritos de los adultos. Carmen sonreía.

El Sol se había ido, los había abandonado. Nadie en el jardín podía entender qué es lo que había pasado. De pronto el cielo se nubló ocultando el Sol, cuando se despejó había un hueco en el lugar donde debería de estar el Sol, como si alguien lo hubiera arrancado de pronto. No entendían qué pasaba, primero pensaron que se trataba de un eclipse que nadie había previsto, pero cuando pasaron varios minutos y en el hueco del cielo no pasaba nada, ni siquiera a parecía un disco donde debería estar el Sol, dejaron de pensarlo. Luego pensaron que había anochecido temprano, pero no eran ni medio día y descartaron la idea. Todos los niños empezaron a hablar, cada uno dada una hipótesis distinta, cada una más inverosímil que la anterior. Escucharon un grito, eran sus mamás que se acaban de dar cuenta que el Sol no estaba. Todas fueron a abrazar a sus hijos mientras gritaban, en el fondo se escuchaba una risa de felicidad.

Entre toda la oscuridad no había luz que iluminara el cuarto en el que estaba encerrada Carmen, excepto sus verdes ojos. Quienes estuvieron en el lugar cuando rescataron a Carmen del cuarto de madera dicen que era como si el Sol se le hubiera metido por los ojos. Dicen que en la oscuridad del cuarto sus ojos brillaban felinamente, Carmen no dejaba de agradecer a su amigo el Sol, que le perdonó que ese día no lo sacara a pasear y que la ayudó metiéndose en sus ojos para que no estuviera sola en la oscuridad de ese cuarto.

A J T Fraginals

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