AutorAdolfo T. Fraginals

Verde Carmen

V

M. C. M. V.

A Carmen nunca le había gustado salir a jugar con los demás niños. Su mamá la obligaba a salir al jardín todas las tardes. Ella se quedaba sola en el extremo más alejado del jardín, mirando el cielo. No importaba si el día estaba nublado, lluvioso o soleado, ella se le quedaba viendo como si estuviera a la espera de un amigo de toda la vida.

Para los niños Carmen era un ser extraño, que no entendían y, por su puesto, no era digno de su tiempo ni de su compañía. Miraban de lejos a la niña parada en un extremo del jardín con la cara hacia el cielo, con una mezcla de envidia, recelo y compasión. Rechazaban a Carmen como algo ajeno a su mundo, como una bella estampa de su niñez para rememorar cuando fueran mucho más grandes, pero no como alguien con quien quisieran compartir. (más…)

El sueño de Javier

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Lo que estoy por contarles ha sido uno de los secretos mejores guardados de San Pablo el Chico, sucedió hace cincuenta años y todos los habitantes prometimos guardar silencio y olvidar todo lo ocurrido. Casi todos han muerto y los que quedamos nos hemos acostumbrado a la idea de que todo fue un mal sueño. No me queda mucho tiempo, no me siento bien. Contar esto que ya no sé si es una anécdota o un sueño es algo que he querido hacer desde hace décadas, ustedes serán quienes decidan si es uno de los secretos mejor guardados de San Pablo el Chico o un sueño colectivo más. (más…)

Mapas personales

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Tú no sabes quedarte. Llegas, desordenas mi vida y te vas: lo tuyo no es amor; es turismo emocional. Dice Edel Juárez, y lo dice como si se pudiera hacer turismo con las personas, como si pudiéramos elegir un destino donde pasar nuestro tiempo libre, como si las personas se pudieran elegir con la misma facilidad con la que se elige una ciudad, en un mapa cualquiera, para pasar nuestro próximo día inhábil. Pero el turismo no es únicamente emocional, uno no camina por la calle pensando que aquella mujer o que aquel hombre es perfecto para que llegue, de paso como siempre, desordene sus vidas de la misma forma que he desordenado la mía y me marche sin mirar atrás, como uno se marcha del cuarto de un hotel después de haber pasado una mala noche en la ciudad. Uno va rumbo al aeropuerto o la central de autobuses o a dónde sea que ha dejado el auto estacionado para irse, para abandonar la ciudad y no volver, si es que todo marcha como se ha planeado. Uno no piensa así cuando camina por la calle, uno no piensa en joder a los demás con turismo emocional, pero, a veces, sí pensamos en hacer turismo personal, o lo hacemos sin la más mínima intensión.  (más…)

Mente en Blanco

M

Cuentan que había un tiempo en el que no existía el derecho al olvido, este derecho que todos adoramos y que es el pilar de nuestra sociedad y de los desarrollos tecnológicos. No me puedo imaginar un mundo en el que no se pudieran olvidar las cosas y todo tuviera que ser recordado por otros y por uno mismo. Un mundo en el que existiera una especie de base de datos donde se pudiera encontrar cualquier tipo de información sobre cualquier persona y no se pudiera solicitar que esa información se retirara. (más…)

Razones para Decir Adiós

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Recuerdo que un día me dijiste que odiabas los cuentos de hadas, que se te hacía insoportable sus finales felices, casi tan insoportable como el ron con Pepsi. Me confesaste lo monstruoso que era el «Y vivieron felices para siempre», es mucho tiempo, me dijiste. Imagina la desesperación de no poder decir adiós. Saber que algo nunca se va a acabar. La eternidad debe ser el epítome de la desolación, la inmutabilidad de las cosas.

Es que también hay algo bello en el poder decir adiós, en su propia sangre la palabra trae implícita una promesa, un anhelo: la propia negación de la despedida. Porque las cosas, realmente, nunca tienen un final, me dijiste mientras agarrabas mis manos. ¿Al terminar un libro crees que ahí terminó la historia? ¿Crees que toda buena historia está limitada al papel y a la tinta? ¿Que la vida está limitada por el tiempo? Por eso me gustan las despedidas, siempre está la promesa de volver, de volver a la ciudad natal, a la ciudad que odiamos y que al marcharnos le aventamos la colilla, todavía prendida, jurando que nunca más regresaríamos.

Como todas las mañanas saliste por el pan fresco para desayunar. Hacías todo con cuidado porque sabías lo difícil que era para mí conciliar el sueño y que cada minuto era sagrado, era lo más parecido a un ritual religioso que tenía en mi vida. Desde la muerte de mi padre sabías lo difícil que eran para mí las despedidas, que prefería marcharme sin decir adiós. Alguna vez me confesaste que era lo que más miedo te daba de mí, que era lo único por lo que me odiabas: porque no sabía decir adiós y que si no me despedía no te prometía, aunque fuera contra mi voluntad, que nos volveríamos a ver. (más…)

El Recolector de Sueños

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Hay personas que guardan cosas, que las coleccionan. Acaparadores, creo que le llaman. Tazas, periódicos, platos, discos, ropa, todo lo guardan. No se pueden desprender de ellos, es como si esos pequeños objetos sin valor propio se volvieran parte de ellos, la parte a la que nunca más acudes pero siempre piensas que en algún futuro tendrá alguna utilidad.

Cuartos llenos de tesoros basura. Periódicos, que relatan noticias que en sus días eran relevantes, hoy nadie las recuerda. Fotografías que el tiempo ha borrado y ya no se puede ni distinguir rostros ni historias. Todo es recolectado con el paso del tiempo y con la esperanza de volver a valer algo el día de mañana.

Todos tienen estos lugares donde guardan sus cachivaches, algunos tienen cajas de zapatos, otros cajones, otros en algún rincón de su clóset, algún cuarto de la casa o la casa completa. Yo no tengo esos lugares secretos, porque yo no colecciono cachivaches. Yo colecciono sueños. (más…)

Suspendido en el Tiempo

S

¿Ves esa escultura debajo del árbol? Me dijo.

            La había seguido sin cuestionarla, como siempre hago. Nos subimos a su coche, abandonamos la ciudad, los caminos y nos adentramos en un camino de terracería por una hora y cuarto. El coche no puede seguir, tenemos que bajarnos y caminar, me comentó. Le hice caso. Caminamos hasta llegar a una colina en la que en la cima había un árbol solitario. (más…)

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