AutorAdolfo T. Fraginals

Verde Carmen

V

M. C. M. V.

A Carmen nunca le había gustado salir a jugar con los demás niños. Su mamá la obligaba a salir al jardín todas las tardes. Ella se quedaba sola en el extremo más alejado del jardín, mirando el cielo. No importaba si el día estaba nublado, lluvioso o soleado, ella se le quedaba viendo como si estuviera a la espera de un amigo de toda la vida.

Para los niños Carmen era un ser extraño, que no entendían y, por su puesto, no era digno de su tiempo ni de su compañía. Miraban de lejos a la niña parada en un extremo del jardín con la cara hacia el cielo, con una mezcla de envidia, recelo y compasión. Rechazaban a Carmen como algo ajeno a su mundo, como una bella estampa de su niñez para rememorar cuando fueran mucho más grandes, pero no como alguien con quien quisieran compartir.

Carmen se quedaba viendo el cielo, a veces sola, a veces en compañía de algún gato callejero que se acostaba a su lado, pero casi siempre acompañada de las piedritas y frutos que los demás niños del jardín le aventaban. Ella sólo se quitaba los pedazos de fruta de su ropa y las piedritas que sus risos y se volvía hacia el cielo. A veces, como para descansar los ojos se acostaba junto a los gatos que la visitaban y les ronroneaba mientras ellos la miraban, como si estuvieran hipnotizados por sus verdes ojos.

Cuando las mamás de los demás niños se dieron cuenta que la fruta que les daban no la comían, sino que la usaban para jugar decidieron ya no darles. Era mejor que pasaran hambre a que su travesura se quedara sin un castigo ejemplar. Carmen sería quien sufriría más con ese castigo, era cierto que casi no comía la fruta que le daban, la terminaba compartiendo con los gatos que la acompañaban, pero sería el blanco de la famélica furia de los niños del jardín. Los niños encontraron el sustituto perfecto para las piedritas en piedras más grandes, en insultos e incluso en algunas heces que aparecían por la mañana en el jardín.

La furia de los niños cada día era mayor, como su hambre. No bastaban los raspones ni heridas de las piedras y mucho menos las lágrimas de los insultos o la peste de las heces. Nada de eso era suficiente. Una tarde, explorando una sección del jardín que se encontraba infestada de árboles y plantas, encontraron un viejo cuarto de madera. Seguro ahí escondían a los niños que se portaban mal, pensaron. El cuarto no tenía ventanas, sólo una pequeña puerta de madera por donde a penas y cabía un adulto. Su interior era oscuro y húmedo, el piso de tierra y frío. Un castigo ejemplar, dijeron al igual que sus mamás.

A la mañana siguiente todos esperaban a Carmen. Cuando llegó no la dejaron ir a su extremo de siempre, la interceptaron a medio camino, sólo que esta vez en lugar de aventarle piedritas, piedras, insultos o heces, la levantaron de los brazos y la arrastraron sin decir una palabra. Quiero ver al Sol, necesito sacar al Sol, gritaba ella. Camino al cuarto de madera perdió un zapato, perdió de vista al Sol y no dejaba de llorar y gritar que necesitaba sacar a pasear a su amigo el Sol.

Lo que tú necesitas es un castigo ejemplar, le dijeron a Carmen mientras cerraban la puerta y la trabajan con una tabla. En el cuarto no entraba ni un rayo de su amigo, esto hizo que Carmen se pusiera más triste y llorara todavía más, esta vez siendo incapaz de pronunciar palabra alguna. Lloraba tanto y con tal fuerza que sintió que el cuarto se empezaba a inundar con sus lágrimas. Estaba sola, en la oscuridad y el lugar cada vez se hacía más y más pequeño.

Carmen gritó e imploró que alguien la ayudara. Sabía no cualquiera la podría ayudar, en especial esos niños que estaban afuera, en el jardín, los mismos que la habían metido en ese lugar. No, ellos no la ayudarían a salir de ahí. Los adultos parecían absortos en su mundo, sin darse cuenta de lo que sucedía en el jardín. Ellos tampoco podrían ayudarla. De sus amigos, los gatos callejeros, por más que los quería, sabía que no podían ayudarla, eran muy pequeños como para mover las tablas que la tenían encerrada. El único que podría ayudarla era su amigo el Sol. Le pidió ayuda, le pidió fuerzas para poder salir.

Yo no hice nada malo, yo no necesito ser castigada. No me entienden, eso es lo que pasa, yo no les hice nada malo, sólo no me entienden y por eso me encerraron, gritó Carmen con todas sus fuerzas. Hubo un fuerte estruendo seguido de un gran silencio en el exterior. Minutos después empezaron los murmullos de los niños y los gritos de los adultos. Carmen sonreía.

El Sol se había ido, los había abandonado. Nadie en el jardín podía entender qué es lo que había pasado. De pronto el cielo se nubló ocultando el Sol, cuando se despejó había un hueco en el lugar donde debería de estar el Sol, como si alguien lo hubiera arrancado de pronto. No entendían qué pasaba, primero pensaron que se trataba de un eclipse que nadie había previsto, pero cuando pasaron varios minutos y en el hueco del cielo no pasaba nada, ni siquiera a parecía un disco donde debería estar el Sol, dejaron de pensarlo. Luego pensaron que había anochecido temprano, pero no eran ni medio día y descartaron la idea. Todos los niños empezaron a hablar, cada uno dada una hipótesis distinta, cada una más inverosímil que la anterior. Escucharon un grito, eran sus mamás que se acaban de dar cuenta que el Sol no estaba. Todas fueron a abrazar a sus hijos mientras gritaban, en el fondo se escuchaba una risa de felicidad.

Entre toda la oscuridad no había luz que iluminara el cuarto en el que estaba encerrada Carmen, excepto sus verdes ojos. Quienes estuvieron en el lugar cuando rescataron a Carmen del cuarto de madera dicen que era como si el Sol se le hubiera metido por los ojos. Dicen que en la oscuridad del cuarto sus ojos brillaban felinamente, Carmen no dejaba de agradecer a su amigo el Sol, que le perdonó que ese día no lo sacara a pasear y que la ayudó metiéndose en sus ojos para que no estuviera sola en la oscuridad de ese cuarto.

A J T Fraginals

El sueño de Javier

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Lo que estoy por contarles ha sido uno de los secretos mejores guardados de San Pablo el Chico, sucedió hace cincuenta años y todos los habitantes prometimos guardar silencio y olvidar todo lo ocurrido. Casi todos han muerto y los que quedamos nos hemos acostumbrado a la idea de que todo fue un mal sueño. No me queda mucho tiempo, no me siento bien. Contar esto que ya no sé si es una anécdota o un sueño es algo que he querido hacer desde hace décadas, ustedes serán quienes decidan si es uno de los secretos mejor guardados de San Pablo el Chico o un sueño colectivo más. (más…)

Mapas personales

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Tú no sabes quedarte. Llegas, desordenas mi vida y te vas: lo tuyo no es amor; es turismo emocional. Dice Edel Juárez, y lo dice como si se pudiera hacer turismo con las personas, como si pudiéramos elegir un destino donde pasar nuestro tiempo libre, como si las personas se pudieran elegir con la misma facilidad con la que se elige una ciudad, en un mapa cualquiera, para pasar nuestro próximo día inhábil. Pero el turismo no es únicamente emocional, uno no camina por la calle pensando que aquella mujer o que aquel hombre es perfecto para que llegue, de paso como siempre, desordene sus vidas de la misma forma que he desordenado la mía y me marche sin mirar atrás, como uno se marcha del cuarto de un hotel después de haber pasado una mala noche en la ciudad. Uno va rumbo al aeropuerto o la central de autobuses o a dónde sea que ha dejado el auto estacionado para irse, para abandonar la ciudad y no volver, si es que todo marcha como se ha planeado. Uno no piensa así cuando camina por la calle, uno no piensa en joder a los demás con turismo emocional, pero, a veces, sí pensamos en hacer turismo personal, o lo hacemos sin la más mínima intensión.  (más…)

Mente en Blanco

M

Cuentan que había un tiempo en el que no existía el derecho al olvido, este derecho que todos adoramos y que es el pilar de nuestra sociedad y de los desarrollos tecnológicos. No me puedo imaginar un mundo en el que no se pudieran olvidar las cosas y todo tuviera que ser recordado por otros y por uno mismo. Un mundo en el que existiera una especie de base de datos donde se pudiera encontrar cualquier tipo de información sobre cualquier persona y no se pudiera solicitar que esa información se retirara. (más…)

Razones para Decir Adiós

R

Recuerdo que un día me dijiste que odiabas los cuentos de hadas, que se te hacía insoportable sus finales felices, casi tan insoportable como el ron con Pepsi. Me confesaste lo monstruoso que era el «Y vivieron felices para siempre», es mucho tiempo, me dijiste. Imagina la desesperación de no poder decir adiós. Saber que algo nunca se va a acabar. La eternidad debe ser el epítome de la desolación, la inmutabilidad de las cosas.

Es que también hay algo bello en el poder decir adiós, en su propia sangre la palabra trae implícita una promesa, un anhelo: la propia negación de la despedida. Porque las cosas, realmente, nunca tienen un final, me dijiste mientras agarrabas mis manos. ¿Al terminar un libro crees que ahí terminó la historia? ¿Crees que toda buena historia está limitada al papel y a la tinta? ¿Que la vida está limitada por el tiempo? Por eso me gustan las despedidas, siempre está la promesa de volver, de volver a la ciudad natal, a la ciudad que odiamos y que al marcharnos le aventamos la colilla, todavía prendida, jurando que nunca más regresaríamos.

Como todas las mañanas saliste por el pan fresco para desayunar. Hacías todo con cuidado porque sabías lo difícil que era para mí conciliar el sueño y que cada minuto era sagrado, era lo más parecido a un ritual religioso que tenía en mi vida. Desde la muerte de mi padre sabías lo difícil que eran para mí las despedidas, que prefería marcharme sin decir adiós. Alguna vez me confesaste que era lo que más miedo te daba de mí, que era lo único por lo que me odiabas: porque no sabía decir adiós y que si no me despedía no te prometía, aunque fuera contra mi voluntad, que nos volveríamos a ver. (más…)

El Recolector de Sueños

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Hay personas que guardan cosas, que las coleccionan. Acaparadores, creo que le llaman. Tazas, periódicos, platos, discos, ropa, todo lo guardan. No se pueden desprender de ellos, es como si esos pequeños objetos sin valor propio se volvieran parte de ellos, la parte a la que nunca más acudes pero siempre piensas que en algún futuro tendrá alguna utilidad.

Cuartos llenos de tesoros basura. Periódicos, que relatan noticias que en sus días eran relevantes, hoy nadie las recuerda. Fotografías que el tiempo ha borrado y ya no se puede ni distinguir rostros ni historias. Todo es recolectado con el paso del tiempo y con la esperanza de volver a valer algo el día de mañana.

Todos tienen estos lugares donde guardan sus cachivaches, algunos tienen cajas de zapatos, otros cajones, otros en algún rincón de su clóset, algún cuarto de la casa o la casa completa. Yo no tengo esos lugares secretos, porque yo no colecciono cachivaches. Yo colecciono sueños. (más…)

Suspendido en el Tiempo

S

¿Ves esa escultura debajo del árbol? Me dijo.

            La había seguido sin cuestionarla, como siempre hago. Nos subimos a su coche, abandonamos la ciudad, los caminos y nos adentramos en un camino de terracería por una hora y cuarto. El coche no puede seguir, tenemos que bajarnos y caminar, me comentó. Le hice caso. Caminamos hasta llegar a una colina en la que en la cima había un árbol solitario. (más…)

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