CategoríaCuentos

Historias de conejos

H

Autor invitado: Abraham Vodnik

 

Con todo el amor y el agradecimiento de nuestros días.

“… y cuando te hayas consolado (uno siempre termina por consolarse),

 te alegrarás de haberme conocido.”

-A.Saint-Exupéry.

 

Esta no fue la primera vez que nos acercamos, lo habíamos intentado antes, jóvenes y entusiasmados pero lo suficientemente sensatos para reconocernos aún torpes. Y siendo honesto, no esperaba encontrarla una segunda vez. Temerosos y discretos, nos fuimos acercando despacio con la intención de reconocernos y entender las necesidades de cada uno. La observo bailar y en cada gesto descubro canciones escondidas que resuenan entre los pliegues de su sonrisa.

Conocedora del valor que tienen su cariño y sus besos; yo fui colectando cada uno y los puse en las partes de mí que más lo necesitaban. Ambos muy diferentes pero siempre sabiendo ensamblar nuestras manos para crear nuevas piezas con ellas. Así comenzamos a andar juntos, bailando contra todo, defendiéndonos a caricias, con cuidado, despacio y sin apresurarnos porque queremos llegar lejos. Disfrutamos de los días y cuando no nos queda sol, somos lluvia por la noche, precipitándonos ruidosamente sobre los tejados e inundando las trincheras. Entonces, al día siguiente salimos a recoger nuestras flores al amanecer, sin importar si no ha parado de llover porque su corazón es como un paraguas para dos.

Pasan los días, las canciones, los libros y los viajes; y vamos acumulando memorias que refuerzan las paredes que nos mantienen juntos. Somos un gran equipo y se nota, aunque los horarios no estén de nuestro lado, sé que sus ojos me esperan por la noche y yo le dejo besos debajo de la almohada para que pueda tomarlos al amanecer. Practicamos el amor en todos los lugares que visitamos, volviendo a casa con cabellos desordenados y secretos entre los labios.

Hemos tenido una tarde excelente y me siento a escribir con la cabeza llena de pequeños conejos que saltan dentro de mí; bosquejo las primeras ideas cuando me percato que algo los ahuyenta. Una nube se coloca sobre nosotros, la observo con cuidado y me doy cuenta que las cosas han cambiado y que debería comenzar a escribir en pasado. No termino de entender lo que está sucediendo mientras se me hacen nudos en los dedos y la cabeza desordena toda… me se… y caigo.

Despierto desorientado y busco a tientas a mi alrededor alguna figura que sea familiar. El suelo sigue empapado de la tormenta que pasó y en los charcos veo reflejados los errores que nos hicieron tropezar y soltarnos. Me siento un idiota por no haberlo visto antes. Intento decir algo pero sus ojos me confiesan que esta incomunicación le entristece. Se acerca despacio, se pone en cuclillas para brindarme una última caricia y sigue con su camino. Me levanto y avanzo con la intención de alcanzarla pero el tiempo me adelanta y es difícil mantener el ritmo con el peso de la palabras enmudecidas que me entorpece y alenta. Agarro un puñado pero las letras se escapan por entre mis dedos antes de que pueda ponerlas en mi boca. La pierdo de vista.

Resignado, desearía poder quedarme más tiempo en el mismo sitio, con la esperanza de que se haya dado la vuelta y pueda encontrarme esperando, pero no tengo el privilegio de engañarme a mí mismo. Respiro profundo y decido reincorporarme mientras siento cada una de mis heridas. El cielo se ha despejado y es momento de regresar a casa con la cola entre las patas.

Han pasado varios meses y sigo juntando el coraje necesario para decir lo que siento, pero, al mismo tiempo, me resisto a escribirlo pues sé que hacerlo inevitablemente traerá consigo un punto final. Busco refugio en los recuerdos pero las imágenes se distorsionan y se entremezclan con la lluvia que ha borrado las huellas de sus pasos. Ya no tengo a dónde seguirla. Respiro nuevamente y hasta este momento me doy cuenta del desorden que habita dentro y fuera de mi cabeza: trastes apilados, ropa sobre el suelo y poesía por todas partes. Entonces, las palabras comienzan a filtrarse de entre el barro y la tristeza, y finalmente escribo. Lleno esta hoja con las palabras que se desbordan por ella, que se salen de mi cabeza y se esparcen por todo el cuarto sin poder detenerlas. Y sigo escribiendo. Sobre restos, sobre heridas, sobre lo que se va y lo que se queda. Porque finalmente para eso sirve la literatura, para hablar de las cosas que no tienen forma y que nos quitan el sueño. Y lo escribo para que se quede en algún sitio, para que no desaparezca. Así, en un futuro, podremos regresar a deshoras para leerlo mientras sonreímos por dentro, con el teléfono en una mano y el corazón en la otra.

Ya conozco lo que viene. Tomará tiempo escombrar las repisas, desaprender los gestos, acostumbrarme a los cajones vacíos y a las sábanas limpias. Aún así seguiré encontrando fantasmas, cada vez con menos frecuencia pero con los pétalos intactos. Esos que acechan en silencio y en cualquier momento salen en forma de fotos o besos dentro de un libro, dibujos garabateados en la última página de un cuaderno, aretes, un cepillo de dientes o algún cabello, sobre todo en forma de cabellos. Porque vamos dejando un poco de lo que somos en los lugares por donde pasamos. Pero quizá entonces ya no sean tristes, o por lo menos revoloteen suaves y sin prisa para extrañarnos en silencio, esperando encontrarnos en cada habitación que visitemos. Ignorandonos mientras nuestras sombras se miran.

Ella no sabe cuándo fue la última vez que la ví, que nos vimos, aunque a tiempos diferentes. Supongo que fue mejor así porque la situación no era favorable para ninguno. Paralizado al distinguir su perfil de entre las caras que habitaban el café, decidí seguir con mi camino. Y está bien, porque eso es lo que está buscando y lo que se merece, alguien con quien pueda construir un futuro en conjunto. Está bien, aunque ahora duela, porque algún día he de sanar y volveré a usar las noches para dormir. Así que me quedo tranquilo, después de todo, aún me falta recoger las flores que quedaron en mí jardín y aprovecharé el agua de los charcos que dejó la última tormenta.

 

 

Buenos Días

B

¿Has visto la primera gota de rocío de la mañana? – Era la pregunta que asomaba por mi cabeza, pero que, en ese momento, mis labios se negaban a pronunciar. Ella siempre dormía dándome la espalda, dejando que sus hombros desnudos escapasen del manto protector de las sábanas de su cama; esos hombros desnudos que exponían parcialmente la constelación de pequeñas pecas que nacía desde su espalda. Era por esta forma en que dormía por lo que casi siempre me resultaba imposible saber con total certeza si se encontraba sumida en un sueño o si, por el contrario, ya estaba despierta, sintiendo mi mano derecha acariciar su piel desnuda por debajo de las sábanas. Y aun despierta, ¿estaría pretendiendo dormir, porque no existía razón suficiente para despertar? ¿Qué tal si despertaba y mis dedos dejaban de dibujar aquellas tímidas líneas sobre su pierna?

El amanecer comenzaba a filtrarse entre las persianas de la ventana que tenía junto a su cama, dejando que los tenues rayos de sol escurrieran por su espalda como la espuma de una ola cubriendo una arena blanquísima. Podía escuchar los ruidos rutinarios de esta ciudad que despertaba poco a poco; una ciudad tan ajena para nosotros y tan lejos de donde cada uno de nosotros veníamos. Esos ruidos se mezclaban con su respiración y las palabras en otro idioma que, de vez en cuando, escapaban de sus labios mientras dormía. Comenzaba a contar las pecas de su hombro derecho, apenas pudiendo distinguirlas entre la débil luz de la mañana, y escuchando a los primeros pájaros cantar fuera, como invitándonos a dejar esta cama y reintegrarnos a la movilidad del día.

Pero se estaba tan bien así. No existía motivo válido alguno para dejar la comodidad de tener su cuerpo junto al mío; de sentir su respiración sincronizarse con la mía; de sorprenderme cada vez que ella, dormida y tal vez por un simple reflejo, o quizá por mera añoranza, cruzaba sus piernas entre las mías. Se estaba tan bien así. Su espalda rozando mi pecho y erizando cada rincón de mi piel; su melena dorada desparramada sobre la almohada como los rayos del primer sol de la mañana, esos que alcanzan a reflejarse en las pequeñísimas gotas de rocío que nunca sabemos si fueron las primeras de la mañana o si ya llevan tiempo esperando a que nos fijemos en ellas. Tanta paz encerrada en un solo momento; un aleph en el microcosmos de estos dos cuerpos sintiéndose el uno al otro.

Recuerdo cada una de aquellas visitas al cine y todas esas palomitas que terminaban tiradas alrededor de nuestros asientos. Cómo evitar sonreír al volver a todos aquellos momentos en los que se asustaba o reía en la sala de cine, provocando gestos de desaprobación de los otros espectadores que compartían la sala de cine con nosotros, y que quizá intentaban, sin mucho éxito, entender aquella conducta tan inocente y tan necia y tan auténtica y que tanto les molestaba. Cómo me gustaba su capacidad de impresionarse; de llorar en las películas; de sentir cada beso en la pantalla como si estuviera pasando justo frente a nosotros. Cuando pasaba el brazo sobre ella y sentía su respiración agitarse en las escenas de acción; cuando lograba robarle un beso cuando comenzaban a correr los créditos. Todas aquellas veces en las que embarraba tiernos besos en mi mejilla cuando se daba cuenta de que se me había formado un nudo en la garganta; sus dedos entrecruzándose con los míos mientras sus grandes ojos azules opacaban todo lo que pasaba alrededor de nosotros. Y sus pupilas; nunca dejó de sorprenderme cómo crecían sus pupilas cada vez que la sorprendía mirándome.

O todas aquellas noches caminando por esta ciudad y sus encharcadas banquetas. Siempre siguiéndola; siempre a la espera de la siguiente vuelta que daría, de la siguiente sorpresa que esta forma tan dialéctica de descubrirnos nos tendría guardada. Aunque estuviera tomándome del brazo, me sorprendía su instinto de improvisación y esa capacidad de encontrar belleza en cada cosa que se atravesaba frente a nosotros. Ya fuera que tuviéramos que pasar sobre charcos de agua o nieve, o que ella tuviera que correr en tacones por las aceras porque, invariablemente, íbamos tarde para la obra de teatro para la que habíamos comprado boletos hace semanas. Ella siempre tomaba todo con una sonrisa y con esos grandes ojos azules que me perforaban cada vez que se clavaban en mi mirada y me pedían perdón porque la obra de teatro ya había comenzado, pero ella quería comprar una copa de vino antes de entrar a la sala a buscar nuestros asientos.

Mientras beso su mejilla, pienso en lo complicado de que no haya nada al otro lado de la puerta de la eternidad; que todo esto que apenas alcanzamos no nos está llevando a ningún lado. Qué difícil que todo esto que siempre hemos querido nos esté rozando los dedos, y, aún así, quizá no tenga ningún sentido. Siento la electricidad provocada por mis labios que tocan su piel, y me parece imposible que no exista algo más allá de nosotros que le esté dando un propósito a todo esto. Debería ser imposible encontrar algo tan real y tan sincero, y que al final solo se trate de un momento dentro de nuestro paso por el mundo. Y también qué egoísta pensar que seamos los únicos con la suerte de darle sentido al habernos encontrado.

Decido que ya es tiempo de despertar; entiendo que quizá solo durmió unas horas y que se está tan bien así pero que también necesito preguntarle tantas cosas y volver a sentirla junto a mí y volver a sumergirme en sus ojos y que sus labios no puedan despegarse de los míos.

Me levanto lentamente de la almohada, intentando no despertarla hasta pasar mi cabeza sobre su cuerpo para que finalmente nuestros labios se encuentren en un tímido beso. Tengo registrados en mi memoria todos y cada uno de los besos que nos hemos dado, distribuidos en distintas categorías como “besos de buenos días”, “besos bajo la lluvia” y “besos a escondidas”. La mayoría de la gente es perezosa y da por sentado que el primer beso siempre es el mejor, pero con ella descubrí que esto no es necesariamente así. Recuerdo nuestro primer beso, aquel en un bar que está a tan solo treinta metros de su departamento. Hablábamos sobre cómo arruinó la última Navidad con su familia; sobre sus ideas conspiratorias acerca de la dominación global por parte de China; sobre mi incredulidad de que nunca en su vida hubiera leído a cierto filósofo alemán o visto tantas películas. Al final le dije que ella me gustaba y vi sus pupilas dilatarse tanto que pensé que sus ojos iban a reventar, y en una mezcla de inglés con su lengua materna respondió algo que no alcancé a escuchar, aventándose sobre mis labios y robándome uno de los mejores primeros besos que he tenido.

Pero recorriendo los cajones de mi memoria, pienso que el mejor beso que le robé fue alguno de aquellos que nos dimos de noche frente al mar. Recuerdo su timidez por separarnos de nuestro grupo en un país tan lejos de los nuestros; cómo su mano apretaba fuertemente la mía mientras bajábamos los escalones que nos llevaban a esa playa. Dejamos nuestras cosas sobre la arena y, bajo un techo cubierto de estrellas, redescubrí en ella la espontaneidad; una forma de postrarse ante el mundo que no requería de pretensiones ni maniqueísmos. Pude sentir que mis dedos empezaban a rozar todo lo que siempre ha estado ahí pero nunca he podido alcanzar.

Pensando en todo esto, le doy un beso que pretenda comunicarle lo que siento a través de la piel. Siento su respiración cambiar poco a poco; su piel lentamente despertando y su cuerpo estirándose por debajo de las sábanas. Abre los ojos y miro sus pupilas dilatadísimas de nuevo, y siento un pulso eléctrico recorrer todo mi cuerpo, empezando por los ojos y terminando en las puntas de mis pies.

Y estando así, en la cima del mundo, sintiendo que estoy listo para cruzar al otro lado de la puerta de la eternidad con ella, es que escucho las últimas palabras que me diría esa mañana: creo que debemos terminar.

The Darkest Day

T

All flights cancelled, flying tomorrow. Duncan.

Los muchachos y yo caminábamos por la pista del aeropuerto de Munich, de vuelta a nuestro Airspeed Ambassador. Era una de esas heladas tardes alemanas en las que todo lo que uno quiere es regresar a casa, besar a la esposa y descansar un ratito. Treinta y ocho personas caminábamos por tercera vez por aquella pista, siendo la más reciente aquella en la que regresamos del avión a la sala de espera, hace tan sólo quince minutos. Sería la tercera que vez intentaríamos despegar. Tercer intento, carajo. (más…)

El templo Wat Suthat

E

“Hoy llueve mucho, mucho,

y pareciera que están lavando el mundo”

— Juan Gelman

 

Él debió pensarlo mejor cuando le sugirió a ella que salieran a conocer Bangkok. Una rápida revisada a la app del clima o una simple mirada al cielo habrían bastado para llevarse consigo una sombrilla o un par de impermeables, antes de salir del hostal.

 

El cielo se caía a cántaros. El patio central del templo estaba inundado con al menos 30 centímetros de agua, convirtiéndolo en un perfecto chapoteadero infantil o quizás incluso en un espacio para entrenar canotaje; como esos tanques donde se pone la canoa fija y se dedica uno a remar, pero cincuenta veces más amplio. (más…)

Verde Carmen

V

M. C. M. V.

A Carmen nunca le había gustado salir a jugar con los demás niños. Su mamá la obligaba a salir al jardín todas las tardes. Ella se quedaba sola en el extremo más alejado del jardín, mirando el cielo. No importaba si el día estaba nublado, lluvioso o soleado, ella se le quedaba viendo como si estuviera a la espera de un amigo de toda la vida.

Para los niños Carmen era un ser extraño, que no entendían y, por su puesto, no era digno de su tiempo ni de su compañía. Miraban de lejos a la niña parada en un extremo del jardín con la cara hacia el cielo, con una mezcla de envidia, recelo y compasión. Rechazaban a Carmen como algo ajeno a su mundo, como una bella estampa de su niñez para rememorar cuando fueran mucho más grandes, pero no como alguien con quien quisieran compartir.

Carmen se quedaba viendo el cielo, a veces sola, a veces en compañía de algún gato callejero que se acostaba a su lado, pero casi siempre acompañada de las piedritas y frutos que los demás niños del jardín le aventaban. Ella sólo se quitaba los pedazos de fruta de su ropa y las piedritas que sus risos y se volvía hacia el cielo. A veces, como para descansar los ojos se acostaba junto a los gatos que la visitaban y les ronroneaba mientras ellos la miraban, como si estuvieran hipnotizados por sus verdes ojos.

Cuando las mamás de los demás niños se dieron cuenta que la fruta que les daban no la comían, sino que la usaban para jugar decidieron ya no darles. Era mejor que pasaran hambre a que su travesura se quedara sin un castigo ejemplar. Carmen sería quien sufriría más con ese castigo, era cierto que casi no comía la fruta que le daban, la terminaba compartiendo con los gatos que la acompañaban, pero sería el blanco de la famélica furia de los niños del jardín. Los niños encontraron el sustituto perfecto para las piedritas en piedras más grandes, en insultos e incluso en algunas heces que aparecían por la mañana en el jardín.

La furia de los niños cada día era mayor, como su hambre. No bastaban los raspones ni heridas de las piedras y mucho menos las lágrimas de los insultos o la peste de las heces. Nada de eso era suficiente. Una tarde, explorando una sección del jardín que se encontraba infestada de árboles y plantas, encontraron un viejo cuarto de madera. Seguro ahí escondían a los niños que se portaban mal, pensaron. El cuarto no tenía ventanas, sólo una pequeña puerta de madera por donde a penas y cabía un adulto. Su interior era oscuro y húmedo, el piso de tierra y frío. Un castigo ejemplar, dijeron al igual que sus mamás.

A la mañana siguiente todos esperaban a Carmen. Cuando llegó no la dejaron ir a su extremo de siempre, la interceptaron a medio camino, sólo que esta vez en lugar de aventarle piedritas, piedras, insultos o heces, la levantaron de los brazos y la arrastraron sin decir una palabra. Quiero ver al Sol, necesito sacar al Sol, gritaba ella. Camino al cuarto de madera perdió un zapato, perdió de vista al Sol y no dejaba de llorar y gritar que necesitaba sacar a pasear a su amigo el Sol.

Lo que tú necesitas es un castigo ejemplar, le dijeron a Carmen mientras cerraban la puerta y la trabajan con una tabla. En el cuarto no entraba ni un rayo de su amigo, esto hizo que Carmen se pusiera más triste y llorara todavía más, esta vez siendo incapaz de pronunciar palabra alguna. Lloraba tanto y con tal fuerza que sintió que el cuarto se empezaba a inundar con sus lágrimas. Estaba sola, en la oscuridad y el lugar cada vez se hacía más y más pequeño.

Carmen gritó e imploró que alguien la ayudara. Sabía no cualquiera la podría ayudar, en especial esos niños que estaban afuera, en el jardín, los mismos que la habían metido en ese lugar. No, ellos no la ayudarían a salir de ahí. Los adultos parecían absortos en su mundo, sin darse cuenta de lo que sucedía en el jardín. Ellos tampoco podrían ayudarla. De sus amigos, los gatos callejeros, por más que los quería, sabía que no podían ayudarla, eran muy pequeños como para mover las tablas que la tenían encerrada. El único que podría ayudarla era su amigo el Sol. Le pidió ayuda, le pidió fuerzas para poder salir.

Yo no hice nada malo, yo no necesito ser castigada. No me entienden, eso es lo que pasa, yo no les hice nada malo, sólo no me entienden y por eso me encerraron, gritó Carmen con todas sus fuerzas. Hubo un fuerte estruendo seguido de un gran silencio en el exterior. Minutos después empezaron los murmullos de los niños y los gritos de los adultos. Carmen sonreía.

El Sol se había ido, los había abandonado. Nadie en el jardín podía entender qué es lo que había pasado. De pronto el cielo se nubló ocultando el Sol, cuando se despejó había un hueco en el lugar donde debería de estar el Sol, como si alguien lo hubiera arrancado de pronto. No entendían qué pasaba, primero pensaron que se trataba de un eclipse que nadie había previsto, pero cuando pasaron varios minutos y en el hueco del cielo no pasaba nada, ni siquiera a parecía un disco donde debería estar el Sol, dejaron de pensarlo. Luego pensaron que había anochecido temprano, pero no eran ni medio día y descartaron la idea. Todos los niños empezaron a hablar, cada uno dada una hipótesis distinta, cada una más inverosímil que la anterior. Escucharon un grito, eran sus mamás que se acaban de dar cuenta que el Sol no estaba. Todas fueron a abrazar a sus hijos mientras gritaban, en el fondo se escuchaba una risa de felicidad.

Entre toda la oscuridad no había luz que iluminara el cuarto en el que estaba encerrada Carmen, excepto sus verdes ojos. Quienes estuvieron en el lugar cuando rescataron a Carmen del cuarto de madera dicen que era como si el Sol se le hubiera metido por los ojos. Dicen que en la oscuridad del cuarto sus ojos brillaban felinamente, Carmen no dejaba de agradecer a su amigo el Sol, que le perdonó que ese día no lo sacara a pasear y que la ayudó metiéndose en sus ojos para que no estuviera sola en la oscuridad de ese cuarto.

A J T Fraginals

La 121

L

Autor Invitado: Abraham Vodnik

“…me obliga a escribir lo que escribo con

una absurda esperanza de conjuro…”

Silvia.

– J. Cortázar

 

Nueve pesos. Tengo que pagar nueve malditos pesos para subirme a esos camiones que los manejan horrible. Y por si no fuera suficiente, debo caminar hasta la parada anterior porque es muy común que los choferes decidan no detenerse en la parada que está saliendo del campus. ¡Cómo los odio en verdad! Pero eso no me es importante por ahora. Lo que me preocupa es que ella está sentada en la segunda fila pegada a la ventana y yo estoy de pie algunas filas más atrás. No tengo la menor idea de quién es o si es que toma este autobús hacia el centro todos los días, sólo alcanzo a ver en dónde se sienta mientras, resignado, avanzo por el pasillo del camión por efecto de la gente que sigue subiendo. Debo hacer algo.

Hoy salí especialmente tarde del laboratorio. Me preparaba para guardar mis cosas cuando un desinteresado proceso de clicks y tecleos me condujo a nueva bibliografía que no había considerado antes: debo actualizar mi base de datos y referencias una vez más. Pongo un poco más de agua dentro de la cafetera, aprovecho el respaldo de la silla para estirarme y me preparo para trabajar un par de horas más. El sol termina de esconderse mientras yo pongo una nueva lista de reproducción. (más…)

El sueño de Javier

E

Lo que estoy por contarles ha sido uno de los secretos mejores guardados de San Pablo el Chico, sucedió hace cincuenta años y todos los habitantes prometimos guardar silencio y olvidar todo lo ocurrido. Casi todos han muerto y los que quedamos nos hemos acostumbrado a la idea de que todo fue un mal sueño. No me queda mucho tiempo, no me siento bien. Contar esto que ya no sé si es una anécdota o un sueño es algo que he querido hacer desde hace décadas, ustedes serán quienes decidan si es uno de los secretos mejor guardados de San Pablo el Chico o un sueño colectivo más. (más…)

Vida Diaria

V

Quizá ella nunca supiera, con entera certeza, qué era lo que estaba buscando. Despertaba cada día con la necesidad de llenar ese vacío que se agolpaba en su garganta; cargando la melancolía a cuestas. El amanecer siempre traía consigo la resaca como un nimio rastro del intento de autodestrucción de la noche anterior. La dialéctica de la auto-preservación y el ridículo intento de llevar nuestros límites al extremo. Cuando la propia existencia se queda sin un sustento que nos impida comprobar y estar completamente seguros de la propia mortalidad, ¿dónde podemos refugiarnos?

Ella pensaba todo esto mientras tomaba un plato de cereal en su cama. La ligera luz de la tarde se escurría entre las persianas de su recamara, rozando, delicadamente, la piel desnuda de su espalda. Se apresuraba a terminar el cereal, pues odiaba que este se aguadara con el breve pero letal paso del tiempo.

Se levantó para asomarse por la ventana. (más…)

Cuatro o cinco historias

C

[3:21 AM, 6/12/2016] Cons ojos bonitos: Estoy cansada, esta semana no he parado, no puedo con tanto curro, ya quiero que sea finde para vernos.

[3:25 AM, 6/12/2016] Juanjo: ¡Lo sé! Yo estoy trabajando en un proyecto que seguro molará un montón. Tengo que contaros más de él, te amo.

Erase una vez, una princesa que tras varios intentos fallidos buscando a su príncipe azul, se empeño en encontrarlo; o bien, ansiaba ser encontrada, o en su defecto sólo quería salir con cualquiera que le pareciera atractivo, o en su defecto ligeramente atractivo o bien que tuvieran algo en común. Bajándose todas las aplicaciones que que encontró en el reino, Tinder, Happn, adopta un tío, Lovoo… Se empeñó en su meta.

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[3:40 AM, 6/12/2016] Cons ojos bonitos: ¡Cuéntame! ¡No me dejes así! Qué poca ¡yo te amo más!

[3:40 AM, 6/12/2016] Juanjo: Jaja es un proyecto que involucra a Diana, ¿te acuerdas de ella?

[3:42 AM, 6/12/2016] Cons ojos bonitos: ¡Claro!.. Tu amiga la loca… ¬¬ ¿qué con ella? (más…)

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