Nota Roja

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Todo empezó con una nota roja: Escritor mata su editor, consideran crimen pasional. Parecía ser la historia perfecta de amor y traición. Una historia en cuatro actos.

Primero, un joven editor que busca hacerse de un nombre en el mundo editorial y en la compañía sale en busca de un nuevo talento desconocido, un nuevo talento del cual él pueda jactarse ser su descubridor, un editor visionario que vio lo que los demás no podían, mejor aún, que vio lo que los demás se negaban a ver por algún estúpido prejuicio. Busca en revistas universitarias con algún contenido creativo, busca en talleres literarios, ya sea en librerías, en foros, centros culturales o incluso en aquellos que se ofrecen en alguna red social. Buscó entre la prosa de periodistas locales, en aulas de estudiantes de letras, filosofía, derecho, ciencias políticas y cualquier otra que permitiera a sus estudiantes dedicarse, aunque sea un rato, a leer y escribir. También buscó en cafeterías, librerías, teatros y museos. Cualquier persona que viera leyendo y que le diera una corazonada era un objetivo. Así conoció a Natalia, mejor dicho, descubrió.

Natalia era una joven de 19 años que había crecido leyendo Harry Potter, El Señor de los Anillos y los clásicos de terror. Los libros se habían convertido en lo único constante en su vida, siempre se mudada y cambiaba de ciudad, de escuela, de amistades y de idiomas. Sus papás vivían en constantes peleas, pero se negaban a separarse. No era raro que llegase a pasar meses sin hablar o incluso sin ver a uno u otro. Desde niña supo de lo que eran capaces las personas. Descubrió la maldad en los libros y en la vida. Pero entre las letras también descubrió que por más oscuros que se vean las cosas siempre va a haber un héroe, alguien dispuesto a darlo todo por acabar con el mal. Alguien que nos va a ver a la cara, que nos va a decir que todo va a estar bien y le vamos a creer, alguien que nos va a sacar de cualquier agujero en el que nos hayamos metido.

Segundo, un joven editor descubre una nueva promesa de las letras nacionales, ella tiene 20 años, su obra es escasa y la que más le emociona está en producción. Lo poco que ha leído la crítica le ha ganado su respeto y admiración. Natalia nunca había encontrado un hogar que no estuviera entre las páginas de un libro, la confianza que su editor tenía en ella y todo lo que él le prometía era algo nuevo para ella. Para él ella era todo lo que siempre había soñado: el éxito laboral, convertirse en un Paco Porrúa contemporáneo.

Pasaban tanto tiempo juntos y Natalia necesitaba constante compañía en esta nueva vida que en nada se parecía al agujero de donde fue rescatada. Invariablemente se enamoró de su salvador, de aquel hombre que le ofrecía in nuevo mundo, una nueva vida y para quien ella era todo y todo lo podían lograr.

Él se había enamorado de la idea de ella, su gran revelación, su gran descubrimiento, la escritora que haría de él El Edito del Momento. Su relación fue una primicia para la prensa amarillista que se deleitaba con las noticias sobre la escritora de moda y el escritor de moda. Ellos no hicieron declaraciones, ni confirmaron ni negaron ninguna de las historias. Se les veía juntos en fiestas, cenas y hoteles, era difícil saber su estaban ahí por trabajo o por simple placer.

A Natalia la relación le recordaba mucho al acto de fumar, la calidez del principio, el momento de prender el cigarro siempre le causaba placer, en especial el calor que sentía en los dedos cuando el cerillo estaba por consumirse. La sensación de calidez que cada calada le aportaba a su interior, el picor del humo bajando por su garganta, como que no quiere la cosa, como si nos advirtiera que es algo malo, que hay que dejarlo. El sabor a nicotina, tabaco y a quién sabe qué que queda en la boca después del cigarrillo. Así era amar a su editor, así era acostarse con su editor.

Para él Natalia era una extensión más de su éxito profesional, un pequeño trofeo de obsidiana que con cada gemido le recordaba lo grande que era como editor, su gran ojo crítico y su magnífico olfato innovador. Para él era una chica más, un manuscrito más, una libro más, algo necesario para ver su nombre precedido de un “Editado por”.

Él no había leído Harry Potter, no creía en los mundos de fantasía ni en las historias de terror. Para él lo más podrido que le podía pasar a una persona era hacer un mal trato. Su mundo y sus decisiones eran de suma-cero y él siempre debía ganar. El amor era una abstracción sin sentido, lo único importante era la cuantificación del placer.

Tercero, ella ha escrito varias obras maestras, tiene una colección importantes de premios en su repisa, al lado de sus esculturas de hipopótamos. Él es el editor más importante del país, uno de los más reconocidos mundialmente, ahora es dueño de su propia editorial, con ella ha firmado a todos los escritores vivos que vale la pena leer, es la cuna cultural de generaciones enteras, es la productora del 73% de los libros que se venden en el país y la conquistadora del 42% de los premios literarios a nivel mundial.

Él había cumplido su sueño, era exitoso, todos lo escuchaban y hacían lo que él mandara. Claro, para él el éxito incluía muchas más muñecas y muñecos de obsidiana. No había autor ni autora de su editorial, sin importar su edad, que no hubiera pasado por su cama, su sillón o su escritorio, tarde o temprano todos terminaban en su colección.

No es que Natalia no supiera nada de esto, se negaba a aceptarlo, no era posible que su editor azul, su héroe, aquel brujo de las mil promesas que la sacó de aquel oscuro agujero le gustara coleccionar personas, disfrutara sólo de su éxito y los demás fueran sólo un medio. Sólo importaba él y todas las promesas y dulces palabra que el dijo en la intimidad eran huecas, para él no valían nada, para ella valían todo, toda su vida y todas sus esperanzas. Para Natalia ella era la única, la primera y la última, era imposible que él se acostara con todos, él era su héroe, el elegido, no podía serlo para todos, sólo para ella. Él no le podía hacer esto, era pero que la traición, era tirarla de nuevo al agujero oscuro de donde la sacó y esta vez enterrarla de una vez por todas.

Cuarto, Natalia siempre prefirió entregar sus manuscritos personalmente, desconfiaba del servicio postal. Trabajaba mejor de noche, por eso nunca estaban las secretarías cuando iba a entregar sus escritos. Ella era la primera autora, ella ayudó a crear la editorial, a buscar el edificio de oficinas, conocía el lugar y entraba y salía sin ningún problema, todos la conocían.

Entró al despacho de su editor, el tenía los pantalones en los tobillos y en autor recién contratado estaba recostado en su escritorio. Él no se dio cuenta cuando entró Natalia, se dio cuenta que algo pasaba cuando lo dejaron solo sobre el escritorio, sus menos se resbalaron y sus muslos golpearon el filo de caoba del escritorio, alzó la mirada y vio a Natalia blandir uno de los primeros premios que ella le había conseguido contra él, una y otra vez, hasta que la policía, alertada por un amante asustado, la detuvo. Su rostro no era reconocible, tampoco el apreciado premio.

 

Todo empezó con una nota roja: Escritor mata a su editor, consideran crimen pasional. Escritor alcoholizado irrumpe en la oficina de su editor para reclamarle las “mutilaciones” que le había hecho a su obra maestra. La riña se salió de control tomando la vida del editor. Se desconoce el paradero del escritor. La policía ofrece una recompensa por cualquier información que ayude a la aprehensión del sospechoso.

A. J. T. Fraginals

Sobre el autor

Adolfo T. Fraginals

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