Temporalidad.

T

Cuando entraste por la puerta y levantaste la mirada, tuviste que sostenerte del marco para no caer. En ese pequeño departamento se encontraban todas y cada una de las personas que habías conocido en tu vida. Esto no lo sabías, puesto que no reconociste a la mayoría de ellas, pero lo que te sorprendió fue verla.

Entre un mar de gente estaba ahí, sentada del lado izquierdo de la sala, mirando por la ventana. Volteó y te miró, provocándote una descarga eléctrica que comenzó en la nuca y terminó en los muslos. Se puso de pie y con cada paso que daba los latidos de tu corazón se aceleraban.

Con la mano le indicaste que se detuviera, que no diera un paso más, pero ella no te hizo caso. Siguió caminando por lo que parecieron horas, cerraste los ojos y cuando estuvo frente a ti respiró sobre tu cuello. Las rodillas se te doblaron y pusiste los ojos en blanco. El cuello es el punto más sensible de tu cuerpo, incluso más que el miembro entre tus piernas que habías comenzado a odiar. Falló desde que lo intentaste usar con otra persona que no fuera ella.

Vaya, cuando ella desapareció todos tus instintos primitivos se vieron atrofiados.
La comida no te era necesaria, el sexo te parecía repulsivo y la vida en general se sentía vacía y aburrida. Pero ahora estaba ella ahí, respirando sobre tu cuello y de repente sentiste hambre.

Querías comértela, masticar su maldita perfecta nariz, saborear sus costillas, probar las yemas de sus dedos, lamer sus brazos, nutrirte con ella, tenerla dentro, absorberla por los poros, por la sangre, por la vista, por el alma.

Quisiste tocarla, apretarla, pellizcarla, morderla, golpearla, besarla, acariciarla, sentirla. No te fue posible.

Te urgía hablarle, gritarle, cantarle, reclamarle, llorarle, suplicarle. No te fue posible.

Te desesperaste. Te fuiste. Querías irte. Corriste. Querías salir. Gritaste.

Tus pies jamás se movieron del lugar donde ella seguía respirando sobre tu cuello. Te diste cuenta. Con cada inhalación perdías más la fuerza del cuerpo. Te sentías débil.
Tus rodillas se doblaron hasta llegar al suelo. La tomaste por la cintura y la abrazaste, llorando sobre su abdomen, queriendo decirle que lo lamentabas.

Volteaste hacia arriba y ella era todas las personas que habías conocido en tu vida.
Giraste tu cabeza a la izquierda. Te viste en el espejo. Solo. De rodillas en el suelo. Llorando.
Y eras todas las personas que habías conocido en tu vida. De repente fuiste árbol. Pájaro. Cielo. Estrella. Hormiga. Gigante. Pequeño. Minúsculo.. y tú, de nuevo.

La buscaste por todo el lugar. Abriste puertas y ventanas en busca de su aroma.
Besaste las paredes, abrazaste los muebles. Te quitaste la ropa y la aventaste al rincón donde estaba su foto. Te masturbaste con su recuerdo y eyaculaste melancolía que te llevó a seguirla buscando. Sangraste por la nariz y te partiste los dientes, desesperado. Te volviste loco.

Escuchaste sus voces, lejanas y en tu oído. Las voces de todas las personas que habías conocido en tu vida. Tus padres, tus amigos, tus amores y tus casualidades, tu conciencia y tu inconsciencia, tus mascotas y tus pertenencias. Cerraste los ojos.

Gritaste. No dejaste de gritar hasta que se hizo de noche. Cerraron tu ataúd. Comenzaron a olvidarte.

Sobre el autor

Kathya Rosas

"No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente, porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. El camino de la mayoría es fácil, el nuestro, difícil. Caminemos.", H.H.

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Por Kathya Rosas

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