Verde Carmen

V

M. C. M. V.

A Carmen nunca le había gustado salir a jugar con los demás niños. Su mamá la obligaba a salir al jardín todas las tardes. Ella se quedaba sola en el extremo más alejado del jardín, mirando el cielo. No importaba si el día estaba nublado, lluvioso o soleado, ella se le quedaba viendo como si estuviera a la espera de un amigo de toda la vida.

Para los niños Carmen era un ser extraño, que no entendían y, por su puesto, no era digno de su tiempo ni de su compañía. Miraban de lejos a la niña parada en un extremo del jardín con la cara hacia el cielo, con una mezcla de envidia, recelo y compasión. Rechazaban a Carmen como algo ajeno a su mundo, como una bella estampa de su niñez para rememorar cuando fueran mucho más grandes, pero no como alguien con quien quisieran compartir.

Carmen se quedaba viendo el cielo, a veces sola, a veces en compañía de algún gato callejero que se acostaba a su lado, pero casi siempre acompañada de las piedritas y frutos que los demás niños del jardín le aventaban. Ella sólo se quitaba los pedazos de fruta de su ropa y las piedritas que sus risos y se volvía hacia el cielo. A veces, como para descansar los ojos se acostaba junto a los gatos que la visitaban y les ronroneaba mientras ellos la miraban, como si estuvieran hipnotizados por sus verdes ojos.

Cuando las mamás de los demás niños se dieron cuenta que la fruta que les daban no la comían, sino que la usaban para jugar decidieron ya no darles. Era mejor que pasaran hambre a que su travesura se quedara sin un castigo ejemplar. Carmen sería quien sufriría más con ese castigo, era cierto que casi no comía la fruta que le daban, la terminaba compartiendo con los gatos que la acompañaban, pero sería el blanco de la famélica furia de los niños del jardín. Los niños encontraron el sustituto perfecto para las piedritas en piedras más grandes, en insultos e incluso en algunas heces que aparecían por la mañana en el jardín.

La furia de los niños cada día era mayor, como su hambre. No bastaban los raspones ni heridas de las piedras y mucho menos las lágrimas de los insultos o la peste de las heces. Nada de eso era suficiente. Una tarde, explorando una sección del jardín que se encontraba infestada de árboles y plantas, encontraron un viejo cuarto de madera. Seguro ahí escondían a los niños que se portaban mal, pensaron. El cuarto no tenía ventanas, sólo una pequeña puerta de madera por donde a penas y cabía un adulto. Su interior era oscuro y húmedo, el piso de tierra y frío. Un castigo ejemplar, dijeron al igual que sus mamás.

A la mañana siguiente todos esperaban a Carmen. Cuando llegó no la dejaron ir a su extremo de siempre, la interceptaron a medio camino, sólo que esta vez en lugar de aventarle piedritas, piedras, insultos o heces, la levantaron de los brazos y la arrastraron sin decir una palabra. Quiero ver al Sol, necesito sacar al Sol, gritaba ella. Camino al cuarto de madera perdió un zapato, perdió de vista al Sol y no dejaba de llorar y gritar que necesitaba sacar a pasear a su amigo el Sol.

Lo que tú necesitas es un castigo ejemplar, le dijeron a Carmen mientras cerraban la puerta y la trabajan con una tabla. En el cuarto no entraba ni un rayo de su amigo, esto hizo que Carmen se pusiera más triste y llorara todavía más, esta vez siendo incapaz de pronunciar palabra alguna. Lloraba tanto y con tal fuerza que sintió que el cuarto se empezaba a inundar con sus lágrimas. Estaba sola, en la oscuridad y el lugar cada vez se hacía más y más pequeño.

Carmen gritó e imploró que alguien la ayudara. Sabía no cualquiera la podría ayudar, en especial esos niños que estaban afuera, en el jardín, los mismos que la habían metido en ese lugar. No, ellos no la ayudarían a salir de ahí. Los adultos parecían absortos en su mundo, sin darse cuenta de lo que sucedía en el jardín. Ellos tampoco podrían ayudarla. De sus amigos, los gatos callejeros, por más que los quería, sabía que no podían ayudarla, eran muy pequeños como para mover las tablas que la tenían encerrada. El único que podría ayudarla era su amigo el Sol. Le pidió ayuda, le pidió fuerzas para poder salir.

Yo no hice nada malo, yo no necesito ser castigada. No me entienden, eso es lo que pasa, yo no les hice nada malo, sólo no me entienden y por eso me encerraron, gritó Carmen con todas sus fuerzas. Hubo un fuerte estruendo seguido de un gran silencio en el exterior. Minutos después empezaron los murmullos de los niños y los gritos de los adultos. Carmen sonreía.

El Sol se había ido, los había abandonado. Nadie en el jardín podía entender qué es lo que había pasado. De pronto el cielo se nubló ocultando el Sol, cuando se despejó había un hueco en el lugar donde debería de estar el Sol, como si alguien lo hubiera arrancado de pronto. No entendían qué pasaba, primero pensaron que se trataba de un eclipse que nadie había previsto, pero cuando pasaron varios minutos y en el hueco del cielo no pasaba nada, ni siquiera a parecía un disco donde debería estar el Sol, dejaron de pensarlo. Luego pensaron que había anochecido temprano, pero no eran ni medio día y descartaron la idea. Todos los niños empezaron a hablar, cada uno dada una hipótesis distinta, cada una más inverosímil que la anterior. Escucharon un grito, eran sus mamás que se acaban de dar cuenta que el Sol no estaba. Todas fueron a abrazar a sus hijos mientras gritaban, en el fondo se escuchaba una risa de felicidad.

Entre toda la oscuridad no había luz que iluminara el cuarto en el que estaba encerrada Carmen, excepto sus verdes ojos. Quienes estuvieron en el lugar cuando rescataron a Carmen del cuarto de madera dicen que era como si el Sol se le hubiera metido por los ojos. Dicen que en la oscuridad del cuarto sus ojos brillaban felinamente, Carmen no dejaba de agradecer a su amigo el Sol, que le perdonó que ese día no lo sacara a pasear y que la ayudó metiéndose en sus ojos para que no estuviera sola en la oscuridad de ese cuarto.

A J T Fraginals

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Adolfo T. Fraginals

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