El templo Wat Suthat

E

“Hoy llueve mucho, mucho,

y pareciera que están lavando el mundo”

— Juan Gelman

 

Él debió pensarlo mejor cuando le sugirió a ella que salieran a conocer Bangkok. Una rápida revisada a la app del clima o una simple mirada al cielo habrían bastado para llevarse consigo una sombrilla o un par de impermeables, antes de salir del hostal.

 

El cielo se caía a cántaros. El patio central del templo estaba inundado con al menos 30 centímetros de agua, convirtiéndolo en un perfecto chapoteadero infantil o quizás incluso en un espacio para entrenar canotaje; como esos tanques donde se pone la canoa fija y se dedica uno a remar, pero cincuenta veces más amplio.

 

Los visitantes sólo se podían resguardar de la lluvia en los pasillos de los bordes laterales, en donde se encontraban decenas o cientos de budas dorados, vestidos algunos con una especie de playera o paliacate de color naranja; todos ellos de espaldas a la pared y con la vista al centro del templo; cada uno al lado del otro, con una mano extendida con la palma hacia arriba sobre su regazo y la otra tocando el piso con los dedos; todos con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Algunos feligreses continuaban su meditación, sentados o hincados frente a su respectivo buda, impávidos ante el fenómeno atmosférico y ante las gotas rebeldes que se colaban hacia el pasillo para poco a poco empaparlos. Quizás era porque los budas se mantenían sonrientes, como quienes pueden salvarse de la lluvia no sólo por estar bajo un techo sino por entender que techo y lluvia son la misma cosa. O quizás era por simple felicidad.

 

Los turistas se apelmazaban frente a las estatuas sin feligreses, absortos ante la contrastante combinación del torrencial diluvio con la paz del lugar. ¿Cuántas tormentas había vivido este templo sin sufrir una sola de ellas? Aceptándolas, mirando a través de ellas, deshaciéndolas, transformándolas, trascendiéndolas.

 

Ella no vio nada de lo anterior. Apenas comenzó a llover se puso a jugar con los charquitos de agua, que en minutos se convirtieron en plena inundación. Se había puesto un pantalón de manta sobre los shorts y una blusa ligera de manga larga sobre la de tirantes, porque no la habían dejado entrar a otro templo tan destapada. Ahora la ropa empapada se transparentaba, lo cual hacía un poco inútil las prendas; pero en este templo —mucho menos formal que el otro— a nadie parecía importarle.

 

Él entró a la patioalberca, pasando al lado de ella —que en ese momento intentaba nadar en el cuasi estanque con una excelente técnica crol— de camino a la capilla central; una especie de casa blanca con altos pilares y un techo de dos aguas con tejas color ladrillo y terminados orientales color verde esmeralda. Para entrar había que subir sin zapatos las escaleras hasta la base de la edificación, en donde estaba la puerta al cuarto interior. Ya adentro había un imponente buda gigante y más de un feligrés meditando; el piso estaba cubierto por una cómoda alfombra roja con detalles orientales. Él se hincó para postrarse ante el buda y luego comenzó su meditación.

 

Ni media hora pasó cuando apareció ella a su lado, acostada de costado en la alfombra y mirándolo con una compasión que hasta los bodhisattvas envidiarían. Él abrió los ojos al sentir su presencia, enganchando su vista con la de ella y mirándola con el amor para el que aún no existen palabras.

 

No se fueron del templo sin antes volver al patio central a jugar un poco más con el agua. Incluso, algunos monjes y turistas se les unieron en una improvisada versión del juego “las traes”, pero lanzándose unos a otros chorros de agua. El abad del santuario miró la escena con nostalgia, ensimismado como quien recuerda tiempos bellos pasados, sin poder condenar el infantil comportamiento.

 

Unas horas después, él regresó empapado a su hostal. En el recibidor había una pareja europea disfrutando el sofá largo de la sala común y la protección de la lluvia. El chico tenía unos 28, la chica unos 22. Se veían felices disfrutando su aventura en el reino asiático. Enfrente de ellos, sobre la mesita de centro de la sala, había un plato de pad thai a medio acabar y dos envases vacíos de cerveza Chang.

 

Él se sentó en una mesa cercana por unos minutos, mirándolos de reojo como quien intenta descifrar algo. Ellos ni siquiera se dieron cuenta en qué momento se fue a dormir él.

 

Sobre el autor

Raúl Ramírez Riba

Suscribo que musicalmente el clarinete es muchísimo más rico que el diccionario :)

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